Considerando que posiblemente Jesús pronunció estas palabras alrededor del año 30 d.C., ya han pasado 1996 años desde aquel día. Sus palabras siguen resonando con fuerza, desafío, temor y pasión por ver esa gran cosecha.
En este pasaje se nos dice que Jesús «… vio las multitudes» —(v.36). La realidad no se conoce ni se vive desde un escritorio, sino recorriendo las calles, involucrados en la vida social. Interactuando, compartiendo, siendo parte de la vida de las personas. Jesús pudo observar activamente su realidad, porque la vivía, la recorría. No hizo diferencia entre ciudades y aldeas, las recorrió con la misma urgencia, llegar a quienes debía para mostrarles su amor y poder. No veía a las personas como números, sino como almas heridas. Su compasión no fue pasajera, sino una fuerza que lo movió a actuar. Él ve el abandono espiritual, la confusión, el hambre de sentido. ¿No es esta también la condición de muchas personas hoy? Jóvenes sin dirección, líderes agotados, comunidades fragmentadas. Jesús nos invita a mirar con sus ojos, no con juicio, sino con ternura.
La pregunta es: ¿qué vemos al observar a las multitudes, cómo las vemos?
Para Jesús no eran solo personas o una masa de gente trasladándose de un lugar a otro. Él entendió que detrás de sus quehaceres, obligaciones e interacciones, se encontraban personas perdidas, sin esperanzas, sin consuelos y sin dirección. «…porque estaban desamparadas y dispersas…». En esta era tecnológica y virtual se naturaliza la frialdad e individualidad. Los gurúes sociales predicen una generación sin la capacidad de crear o sostener vínculos sociales y afectivos con responsabilidad y en el tiempo. Sin embargo, es contra esa realidad fría que Jesús nos desafía a ver las multitudes desde la pasión y compasión.
No podemos imaginar un ministerio impasible y distante; como diría Henry Nowen, esta sociedad necesita un ministerio involucrado, vulnerable, que ministre desde sus propias heridas para sanar a un mundo en sufrimiento. La compasión de la que nos habla el evangelio no es una emoción de paso, sino algo que concluye en acción transformadora.
La magnitud de la tarea: «la mies (cosecha) es mucha, pero los obreros pocos” —(v.37)
Esto plantea una verdad que trascenderá los tiempos. La necesidad de salvación siempre será mayor a los esfuerzos de la Iglesia del Señor. Esto ha sido una constante en la historia de la Iglesia. Los números de los que aún no escuchan del Señor nos supera ampliamente. Según el Informe sobre el Estado de la Gran Comisión del Movimiento de Lausana, más del 40% del mundo aún no ha sido evangelizado, es decir, más de 3.300 millones de personas no han escuchado el evangelio.
En Argentina, aproximadamente el 15,3% de la población se identifica como cristiana evangélica. Si tomamos como referencia la población actual del país (alrededor de 46 millones de personas), eso equivale a unos 7 millones de evangélicos. El desafío sigue siendo grande. Saber esto puede deprimirnos o desesperarnos si lo miramos desde los lentes estadísticos. Sin embargo, es la compasión, el amor, la pasión por Dios y los perdidos lo que nos impulsa a buscar revertir esa curva.
La acción esperada «Rueguen al Señor de la mies…» —(v.38).
El mismo Jesús que nos plantea una necesidad, una realidad, una petición y una dimensión de la tarea, también nos señala el camino para sanear esa realidad, es un «Rueguen…» La oración, la intercesión es el corazón de la cosecha. No creo que sea casualidad encontrar este imperativo de rogar, orar, en medio de este pasaje. La Biblia toda nos mostrará que si Dios ha de hacer algo maravilloso en su pueblo y por medio de Él, será a través de la oración sincera y comprometida. Todo los intentos y esfuerzos de la iglesia son loables. Congresos, seminarios, invitados con experiencias en crecimiento, etc. Pero ninguno de ellos sustituye a la oración de la iglesia del Señor. Este «Rueguen» resuena fuerte en mi mente y corazón. No es una oración casual, pasajera y desconectada del corazón. Solo se ruega por lo que se siente, se desea, se necesita y se ama. El ruego no puede separarse del corazón, el ruego surge del corazón, es un grito desgarrador. Es un pedido de auxilio, de ayuda. Es una invitación a que alguien con mayores facultades y poderes acuda en ayuda para revertir algo.
Queridos hermanos: Dios nos está llamando a sentir la urgencia de los tiempos. Nos está impulsando a ver y sentir el mundo perdido. A sentirlo: no sólo conciencia, sino sentido. La noche está avanzada…y Jesús nos dice rueguen.
«Dios se ha limitado a sí mismo a la oración de su pueblo» (comentario de la Biblia Vida Plena).
La petición más urgente: «que envíe obreros a su mies» (cosecha—campo)
Pienso que Dios no nos invita a orar para luego sólo ser indiferente. Te recuerdo que nosotros somos el resultado de la oración de muchos que no nos conocían, pero que respondieron al mandato del Señor.
Entiendo que esos obreros que no vemos, esos misioneros, sostenedores, pastores, evangelistas, maestros, apóstoles y profetas están. Porque el Señor dice que roguemos para que Dios los envíe. No sé si están en los seminarios, en las universidades, en las calles o en los templos, pero estoy seguro de que el Señor los tiene y espera al ruego de su iglesia para enviarlos. Y hasta me atrevo a decir que surgirán desde la misma iglesia que ruega, clama e intercede.
Roguemos, entonces, y dejemos que Dios haga el resto.—