La Iglesia enfrenta el desafío de recuperar el concepto bíblico de familia.
Argentina se enfrenta a un silencio ensordecedor en sus maternidades. Con apenas 1,2 hijos por mujer y un descenso de nacimientos que roza el 50% en la última década (pasando de 777.000 en 2014 a aproximadamente 413.135 en 2024), (Ministerio de Salud/DEIS, INDEC, Observatorio de la Universidad Austral) el país no solo envejece, sino que se desdibuja. Mientras en el 57% de los hogares argentinos ya no hay menores de 18 años, la crisis deja de ser meramente estadística para transformarse en una crisis de sentido. Estamos ante las consecuencias de una cultura de vínculos líquidos y una revolución social que ha puesto a la familia en el centro de sus ataques.
El cambio cultural no es abstracto, hoy, la «humanización de las mascotas» ha dejado de ser una excentricidad para convertirse en un síntoma social. En varios países, la venta de alimento para mascotas ya supera con creces a la de pañales, una señal inequívoca de que el afecto e inversión económica se han desplazado del hijo al animal de compañía. Este fenómeno es el síntoma de una generación que huye de los vínculos permanentes. Las mascotas no cuestionan ni exigen un proyecto de vida compartido. Mientras tanto, el país se encamina a un crecimiento poblacional cercano a cero, con CABA ya registrando más muertes que nacimientos.
Este invierno demográfico no es un accidente; más bien parece el resultado de un proceso de ingeniería social. Desde 2014, el descenso de la natalidad se profundizó por políticas de salud pública diseñadas para desvincular la sexualidad de la vida. La dis-tribución masiva de anticonceptivos de larga duración y más adelante el acceso al aborto legal en 2020, representaron un cambio de paradigma: el hijo pasó de ser una bendición a ser visto como una carga o un «accidente». Como botón de muestra cabe contar el caso real de un odontólogo que tenía programado un viaje a Europa y se entera que su esposa estaba embarazada, como la fecha del viaje era para unos meses más adelante, el embarazo de su mujer estaría mucho más avanzado y por ende significaría un riesgo tanto para el bebé como para la madre realizar el viaje, por esta razón el odontólogo no encontró mejor solución que pedirle a su mujer que lo aborte, ella estuvo de acuerdo así que el viaje se llevó a cabo, eso sí… ahora, al costo total, hubo que agregar la vida de un hijo. Este caso, lejos de ser una excepción, es el síntoma de una sociedad que ha canjeado el milagro de la vida por el consumo inmediato. Evidentemente asistimos a un cambio profundo de la escala de valores de nuestra sociedad. Por otra parte, con 372.165 fallecimientos registrados en 2024, cifra que se desprende de las Estadísticas Vitales de la DEIS del Ministerio de Salud de la Nación, Argentina está rompiendo el equilibrio necesario para sostener su futuro: necesitamos 4 activos por cada jubilado, pero hoy marchamos en sentido contrario.
Entonces, frente a este diseño secular cabe preguntarse: ¿cuál es el proyecto de familia ideado por Dios? ¿Cuál es la planificación familiar que Él propone? El diseño bíblico no se limita a la mera convivencia; es una planificación basada en la bendición de la descendencia. Sin embargo, hemos cometido un error estratégico: nos hemos enfocado en mil y un proyectos de evangelización «hacia afuera»(cuestión que está bien y es un mandato bíblico), pero hemos descuidado la promoción de familias fecundas dentro de nuestras propias comunidades, dejando de lado el crecimiento de la Iglesia a través de los vientres de las mujeres cristianas. Aquí cabe reflexionar si de alguna manera esa corriente cultural líquida no ha permeado también en nuestras comunidades.
Por lo tanto, se abre una ventana de oportunidad inimaginable. Si la Iglesia aprovecha este vacío para capitalizar el diseño original de Dios, podrá ocupar espacios de influencia que se encontrarán vacantes sencillamente porque no habrá gente disponible. Muchos puestos de decisión, ciencia y cultura podrán ser ocupados por cristianos que sí apostaron por la vida. La Iglesia no puede ser solo un «asilo espiritual» que acompañe el envejecimiento —ya que, según el INDEC, para 2040 habrá por primera vez más adultos mayores de 65 años que niños menores de 14—; debe ser un faro que proponga el hogar como el lugar de la vida.
«Fructificad y multiplicaos» tiene que volver a ser el lema de nuestras congregaciones. Necesitamos matrimonios fuertes que formen familias sólidas, que no tengan temor a engendrar hijos, sino que hayan entendido el plan de Dios para sus vidas. La Biblia es clara al respecto:
“He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud. Bienaventurado el varón que llenó su aljaba de ellos; no será avergonzado cuando hablare con los enemigos en la puerta”. (Sal 127:3-5).
Resulta imposible sustituir la bendición que significa traer un hijo al mundo, no hay viaje, ni hotel, ni playa, ni país exótico, ni realización profesional que merezca competir con la llegada de un hijo a la familia; ellos completan la vida del matrimonio, otorgan propósito a esta sagrada institución.
Recuperar el concepto bíblico de familia no es nostalgia; es la única estrategia de supervivencia, victoria e influencia para la gloria de Dios.—