| Por Atilio Imperio
Somos una unidad —según la Palabra
«… así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros”. —Romanos 12:5.
Nuestro vínculo con los otros cristianos —según la Palabra
«… con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” —Efesios 4:2—3.
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Cuando se conoce al Señor, la vida del ahora creyente da un giro de 180º y cambia en forma radical. Se tiene una promesa de vida eterna, se sabe con absoluta certeza que Jesús es el camino a la Salvación y que el Señor nos guardará, guiará y bendecirá en lo que nos quede del trayecto que nos lleve a su Presencia. Se nos alerta generalmente que habrá tropiezos, que no estamos frente a un Mago que resolverá todos nuestros problemas y que debemos cultivar esa Gracia recibida —sin merecerla— día tras día.
También se nos inculca —generalmente culto tras culto— que ya no estamos en el «mundo», que ya no podemos seguir con conductas que no son adecuadas para cristianos: honestidad, moral, ética, son conceptos que ahora dejan de ser ajenos y debemos tomar como propios. La mayoría, por supuesto, cambia de vida y acepta los preceptos y a partir de determinado momento reafirma su identidad de creyente, diciendo que ya se ha alejado del “mundo”, pero sabiendo todos (ya que no somos ingenuos) que vivimos en él y debemos estar preparados para lidiar con gente que no acepta a Cristo y menos sigue sus enseñanzas.
En este contexto, que suponemos la mayoría de los lectores habrá vivido o conoce, sin embargo, se producen situaciones en la convivencia entre cristianos que llaman la atención; y mucho. Solo para ejemplificar, para dar una idea sobre a qué nos referimos, aquí haremos una sintética lista —que cada lector o lectora podrá ampliar de acuerdo a sus experiencias:
• Un pastor acepta un compromiso que implica un desembolso, pero tarda meses en abonar lo comprometido, sin dar explicaciones en ningún momento.
• Una hermana recibe un testimonio privado muy (pero muy) delicado de otra hermana recién convertida, y rauda lo cuenta a alguien de su «confianza» para ver cómo se puede “ayudarla”.
• A un referente eclesiástico se le pide apoyo para un determinado evento o proyecto: jamás contesta ni se interesa en expresar los motivos de su negativa; en definitiva, su contestación es clara, es ignorar a los pedigüeños.
• Una iglesia tiene un número de whatsapp para vincularse con el entorno: otra iglesia se comunica con ella y la congregación contactada, jamás contesta.
• Un pastor o pastora se compromete a una determinada actividad; la cumple durante un tiempo, pero de un día para otro deja de hacerlo, sin dar explicaciones; desaparece o, como ahora se dice en el mundo de las redes, ghostea.
• Previo al culto, una congregante tiene un problema en el termotanque, le consulta a su amiga si conoce a alguien en la iglesia que pueda arreglarlo, la amiga le señala a “Pedrito” sentado 5 filas adelante; la hermana va y le presenta el tema y Pedrito le dice: “Bueno, sí, estoy muy ocupado, la semana que viene mándeme mensajito y hágame acordar y veo …” —el Señor le ha dado trabajo y Pedrito se ocupa de dejar bien en claro que no necesita más clientes aun siendo estos de la iglesia que los cobija a ambos.
• Un hermano se comunica con una institución evangélica solicitando apoyo, información o la necesidad de algún tipo de gestión, y solo recibe como respuesta: «mande un mail» —sabiendo todos que hoy la mejor forma de sacarse de encima un tema rápidamente es decir «mande un mail».
Y, como expresáramos, puede seguir con muchas situaciones más, todas con un común denominador: muestran frialdad, falta de empatía, en general fastidio hacia el que solicita y desconsideración por el otro.
¿Qué es lo que ocurre? Que los hermanos o hermanas que cuestionamos están poseídos por el «mundismo». Se crea este término para identificar situaciones, actos o actitudes que generan incomodidad, angustia, desazón, conflicto o perjuicio, habituales en la sociedad que integramos, pero que son ejercidas por un creyente confeso en detrimento de otro hermano integrante de la comunidad cristiana.
Los hermanos poseídos por el «mundismo» se emocionan en el culto semanal o dominical, cantan a voz en cuello Toma mi vida, participan en actividades de la iglesia, muchos —incluso— son pastores, líderes o tienen a su cargo instituciones dedicadas por entero a expandir el evangelio al mundo secular, pero llegado el momento, son exactamente iguales en sus actitudes que el más pedestre inconverso que podamos encontrar en nuestro entorno social. En algunas situaciones hasta podríamos recurrir a la frase de Lutero cuando refiriéndose críticamente a un afamado teólogo de su tiempo, señalaba: «Yo sé lo que dice y lo dice todo bien, excepto cuando habla de la gracia, caridad, esperanza, fe y las virtudes».
Sabemos que es muy difícil vivir como cristianos absolutos, por no decir imposible. Pero la lucha contra el pecado, las dudas que puedan surgir que intentan talar nuestra fe, las pruebas en salud, familiares o económicas, son entendibles y la mayoría pasamos por ellas, y son parte de nuestra vida espiritual, de nuestro crecimiento, de nuestro vínculo con Dios y de nuestra decisión. A lo que vamos es que los grandes temas no deben confundirse con los pequeños temas de la cotidianeidad evangélica: no hay excusa para no ser fraterno, respetuoso, cumplir con las obligaciones, dar la cara (que no es lo mismo que aceptar, consentir o acompañar todo); no hay disculpa por no ser cordial, cortés y canal de bendición para el hermano que golpea la puerta o con el que contactamos.
En la Iglesia todos estamos dispuestos a recibir y con la mano siempre abierta para lo que nos den, pero reacios a dar escucha, tiempo, compromiso y, especialmente, recursos. El Señor lo dijo: «somos un cuerpo», y uno no se rechaza a sí mismo.
Por todo esto, no caigamos en el «mundismo» o, al menos, tengámoslo presente cuando infecte nuestra vida cristiana. Si la palabra dice que somos conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios (Efesios 2:19) no podemos tener actitudes solapadas, descorteses, faltas de empatía, de estafa o de desinterés absoluto por el otro. Somos cristianos desde el preciso momento en que por primera vez confesamos a Cristo. Lo seremos hasta que enfrentemos al Creador y a su Juicio. Esto implica que no podemos descristianizarnos “por un rato” cada día, ya sea por fastidio, por enojo o por actitudes de egoísmo y falta de misericordia, para con el otro.
La aparente mansedumbre cristiana como máscara, es solo hipocresía. Lagrimear conmovido el domingo a las 12 hs y el lunes no pagar lo comprometido (no mediando motivo valedero) es compartir el lodo con los inconversos.
Si no hay compasión, interés, cuidado y compromiso por el prójimo, al que debemos amar tanto como nos amamos a nosotros mismos, ¿podemos llamarnos verdaderamente «cristianos»? Que cada uno se examine y encuentre la respuesta para su vida. —