En pocos días más tendremos en nuestro país la visita del Papa. Un acontecimiento espiritual, social y político de gran magnitud. No ignoramos el uso político que seguramente se le dará a este acontecimiento y las mil maneras en que se lo intentará usar. Sin embargo, creo que estos «peligros» no deberían arrastrarnos a una mirada mezquina de un hecho significativo.
El Papa es un líder político y espiritual de enorme poder e influencia y su presencia en nuestras tierras seguro dejará su marca. Más allá de las diferencias que como evangélicos tenemos con la iglesia católica y específicamente con la figura del Papa no podemos negar el impacto que esta visita tendrá sobre nuestra Nación.

Presente que nos confronta
Como evangélicos se levanta la pregunta de cómo pararnos frente a este acontecimiento. En las raíces de nuestra historia protestante está la crítica al papado y ciertas doctrinas de la iglesia católica que dieron origen a la Reforma. También es cierto que en el siglo pasado hemos sufrido discriminación, per-secución y martirio (recordamos la década del cincuenta en Colombia) en muchos lugares de América Latina, España, Italia y nuestro propio país. Pero ¿estos datos de la historia deben condicionar nuestro presente? Firmemente creo que no. Vivir atados al pasado y sus «razones» nos hace perder de vista los desafíos del presente y el futuro. No significa claudicar en nuestras creencias, sino ubicarlas en perspectivas del Reino. Ya lo dijo Jesús citando un texto de Oseas en el Antiguo Testamento: «quiero amor y no religión» (misericordia quiero y no sacrificios) —Mateo 9:13.

Tiempo de adversidades
Nuestro tiempo está marcado por el avance de ideologías anti—cristianas, persecuciones y muertes de cristianos, como en el centro de África y China, una avanzada cultural que intenta destruir las bases de nuestra concepción cristiana de la vida, la justicia y la libertad, por políticas economicistas que dejan de lado al ser humano y sus necesidades. Si en este contexto pensamos que nuestro enemigo es el catolicismo y sus representantes, creo que tenemos una visión errada de los tiempos.
El Papa es un político y sus palabras desde una perspectiva del Evangelio serán un bálsamo en medio de tanta grieta, agresiones y sacrificio del ser humano en el altar `el mercado´.

Una oportunidad espiritual
La visita del Papa producirá, tal como ha ocurrido en otros contextos, un reavivamiento de la espiritualidad. Es decir, el tema de Dios, la fe y los valores espirituales nos ocuparán por algunos días. Miremos lo ocurrido en su reciente visita a Francia, un país militantemente agnóstico y secularista, que no pudo evitar la búsqueda espiritual de muchos de sus habitantes.
El Papa es un pastor y con su presencia, gestos y palabras hará que en nuestras conversaciones personales, en los medios de comunicación y aun en la boca de los detractores, Dios esté presente. Seguramente no todos intentarán llegar a Dios por los mejores caminos. Algunos profundizarán su idolatría, otros intentarán incursionar por espiritualidades diversas, otros construirán su propia fe. Esto no es lo importante. Lo significativo es que se manifestará el hambre y la sed. ¡Qué mejor oportunidad para levantar el nombre de Jesucristo y anunciar a aquel que hoy sigue diciendo: «el que tenga sed venga y beba»! Seamos instrumentos de la Gracia incomprensible, inmerecida e «injusta» de Dios, que sigue dando oportunidades.

Nuestra oración
Nuestra oración debería ser que Dios use estas circunstancias para cumplir sus propósitos, salvar las vidas, sanar los corazones y convocar a nuestra querida Argentina a acudir humildemente al trono de la Gracia para encontrar el socorro que tanto anhelamos y necesitamos.—